Sep 222008
 

¡Oh! ¡Qué felices serán los que puedan decir, en la hora de su muerte, aquellas hermosas palabras de nuestro Señor: Evangelizare pauperibus misit me Dominus!. Ved, hermanos míos, cómo lo principal para nuestro Señor era trabajar por los pobres. Cuando se dirigía a los otros, lo hacía como de pasada. ¡Pobres de nosotros si somos remisos en cumplir con la obligación que tenemos de socorrer a las pobres almas! Porque nos hemos entregado a Dios para esto, y Dios descarga en nosotros. Declinantes ab obligatione adducet Dominus cum operantibus iniquitatem. Quos non pavisti, occidisti. Este pasaje se entiende del alimento temporal, pero puede aplicarse al espiritual con la misma razón. Mirad, hermanos míos, cuántos motivos tenemos para temblar si somos demasiado caseros, si por la edad o con el pretexto de alguna enfermedad aminoramos la marcha y decaemos de nuestro fervor.

Pero quizás diga alguno: «¿Y si se me encarga de los ordenandos o de los seminaristas?». Esto está bien, cuando Dios quiere que nos ocupemos de ellos y la obediencia nos lo ordena; entonces, que sea en hora buena; pero incluso entonces, por lo que a nosotros respecta, deberíamos sentirnos como en una situación violenta, ya que, como os he dicho, se trata de cosas accesorias y no principales.

2.° Alguno podría quizás excusarse por la edad. En lo que a mí se refiere, a pesar de mi edad, delante de Dios no me siento excusado de la obligación que tengo de trabajar por la salvación de esas pobres gentes; porque, ¿qué me lo podrá impedir? Si no puedo predicar todos los días, ¡bien!, lo haré dos veces por semana; si no puedo subir a los grandes púlpitos, intentaré subir a los pequeños; y si no se me oyese desde los pequeños, nada me impedirá hablar familiar y amigablemente con esas buenas gentes, lo mismo que lo hago ahora, haciendo que se pusieran alrededor de mí como estáis ahora vosotros.

Hermanos míos, conozco personas ancianas que, en el día del juicio, se levantarán contra nosotros; entre ellos un santo varón, un buen padre jesuita, que predicó en la corte durante cerca de diez años. Cuando tenía unos sesenta años, le sobrevino una enfermedad que le puso a dos dedos del sepulcro, y como Dios le diera a conocer la vanidad de sus discursos elevados y de sus charangas, que deleitan mucho, pero aprovechan poco, y tuviera por ello remordimiento de conciencia, al recuperar la salud, pidió permiso para ir a las aldeas a catequizar y a predicar familiarmente a esos buenos campesinos, y perseveró en esta tarea durante veinte años hasta su muerte. Antes de morir, pidió que le hicieran un favor después de muerto, que le enterraran con la regla con que llamaba a los niños, como se acostumbra en esos sitios para hacer que contesten al catecismo, para que esa regla, según decía, diese testimonio de cómo había dejado la corte para seguir a nuestro Señor en el campo.

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