Dic 182012
 

EL ORIGEN DEL BELÉN

nacimientos2El Belén, también denominado: Pesebre, o Nacimiento, es uno de los símbolos cristianos más conocidos durante las fechas Navideñas. La representación del nacimiento de Cristo forma parte de una tradición de la Iglesia que se remonta a hace más de ocho siglos. Muchos son los que ignoran no solo el origen, sino el significado que encierra esta práctica que en muchos hogares se ha reducido a varias simples figuras o que se ha substituido por el árbol de navidad. Sin embargo debe ser un estímulo para los padres que les permite explicar con todo detalle el porqué y el cómo el Salvador del mundo se hizo hombre.

Data el origen de los belenes en plena edad media. Instituido, probablemente por San Francisco de Asís, como cuenta la tradición cristiana. A él se le atribuye el inicio de la representación del nacimiento entre los años 1200 y 1226. En la Navidad de 1223, estando en la ermita de Greccio, una fuerza divina lo impulsó a reproducir en vivo el misterio del nacimiento, para lo que pidió la autorización al Pontífice Honorio III. El hecho lo narra San Buenaventura y Tomás de Celano. San Buenaventura dice: “Tres años antes de su muerte, él (Francisco) quiso celebrar en Greccio el recuerdo del nacimiento del Niño Jesús, y deseó hacerlo con toda posible solemnidad, a fin de aumentar mayormente la devoción de los fieles. Para que la cosa no fuese adjudicada a manía de novedad, primero pidió y obtuvo el permiso del Sumo Pontífice” (S, Buenaventura, Legenda Maior, c. X, n. 7).

Francisco, ayudado por un soldado llamado Juan de Grecio, comenzó los preparativos 15 días antes del 25 de diciembre. Eligió un lugar abierto donde pusieron un paño blanco, igual que sobre un altar y llevaron una gran cantidad de heno. Luego trasladaron un asno, un buey y gran cantidad de otros animales. Nueve días antes del 25 de diciembre convocó a todo el pueblo para celebrar una misa en presencia de la representación del nacimiento.

El papa Honorio III concedió indulgencia a todos los que asistieron a la ceremonia y el heno que se ocupó para el pesebre sirvió para sanar a las personas a y a los animales.

La idea de reproducir el nacimiento se popularizó rápidamente en todo el mundo cristiano. De los seres vivos se pasó a la utilización de figuras de barro y demás materiales.

A partir de aquí, su uso se extendería en todos los conventos de la orden franciscana qué serían los encargados de exportarlos al resto del mundo. Sin embargo, el gran difusor sería el Papa Juan XXIII.

Otra versión dice que el primer nacimiento se construyó en Nápoles, Italia, a finales del siglo XV y que estuvo hecho de figuras de barro. Carlos III ordenó que los belenes, llamados así en italiano, se popularizaran en todo el reino itálico y español. Una última versión asegura que el origen del Belén puede encontrarse en las esculturas y pinturas que colmaban las catedrales y que servían como catequesis a los fieles y peregrinos.

La tradición de representar, orara y adorar el nacimiento de Dios niño en Belén se ha extendido por todo el mundo, fundamentalmente de religión cristiana católica. Entre ellas: Italia, España, Francia, el Tirol austriaco, Alemania, la República Checa, Latinoamérica y Estados Unidos. Así, cada país aporta su propia idiosincrasia al belén. Así, la primera representación data del siglo II después de Cristo, cuando en las catacumbas romanas de Priscila se representaba ya a la virgen María sosteniendo en sus brazos al niño Jesús. El Belén más antiguo que se conoce data del siglo III después de Cristo en el monasterio alemán de Füsen.

La primera representación española aparece a principios del siglo IV en la catedral de Barcelona. A partir del siglo XVIII serían escultores como el murciano Salzillo, los catalanes Vallmitjana y Amedeu o los valencianos José Esteve Bonet y José Ginés los que crearían imágenes que posteriormente servirían como modelo para otras representaciones.

¿Y QUE PASA AHORA CON EL BUEY Y LA MULA?

Recientemente ha publicado el Santo Padre, el Papa, Benedicto XVI, un libro con el título de: “La infancia de Jesús”.

No en un libro muy extenso en el que el Papa hace una reflexión teológica (no histórica, ni dogmático o doctrinal). Ahí relata el mensaje cristiano transmitido por los evangelistas San Mateo y San Lucas dónde hablan de la infancia de Jesús. Siendo la cuestión del buey y la mula una pincelada tan secundaria que nada tiene que ver con el cuerpo del libro.

Es de agrado que se lea lo que escribe el Santo Padre y a nadie deje indiferente. Pero sabemos que la clave de muchos lectores no está en el mensaje de fondo sino en el sensacionalismo superficial que pueda crear morbo y alboroto.

Se han empeñado en difundir, con categoría de noticia, “que el Papa ha dicho que hay que quitar del Belén el Buey y la Mula. Y decretar la no existencia de los Reyes Magos” entre otros.

En primer lugar Benedicto XVI habla del “establo” y dice lo siguiente: “María puso a su niño recién nacido en un pesebre” (cf. Lc 2,7). “De aquí se ha deducido, con razón, que Jesús nació en un establo, en un ambiente poco acogedor – estaríamos tentados de decir: indigno – pero que ofrecía en todo caso la discreción necesaria para el santo evento. En la región en torno a Belén, se usan desde siempre frutas como establo” (pág. 74)

El Papa en lugar del buey y la mula, habla del buey y el asno, como se habla en la tradición de la Sagrada Escritura. Así dice, Benedicto XV: “Como se ha dicho, el pesebre hace pensar en los animales, pues es allí donde comen. En el Evangelio no se habla en este caso de animales. Pero la meditación guiada por la fe, leyendo el Antiguo testamento y Nuevo testamento relacionados entre si, ha colmado muy pronto esta laguna, remitiéndose a Isaías 1,3 (El buey conoce a su amo y el asno el pesebre de su dueño; Israel no me conoce, mi pueblo no comprende)” (pág. 76)

La sabia no está, como siempre, en la hojas, sino en la raíz. Lo que realmente pretende resaltar es el significado más profundo y teológico espiritual del “Belén-Pesebre” que es como “El Arca de la Alianza”. Porque del Belén-Pesebre nos trae la presencia de Dios entre los hombres. Y el “buey y el asno” representan a toda la humanidad, compuesta por los judíos (el buey) y por los gentiles, es decir, el resto de la humanidad (el asno). Dice textualmente: “Así, el pesebre sería de algún modo el Arca de la Alianza, en la que Dios, misteriosamente custodiado, está entre los hombres, y ante la cual ha llegado la hora del conocimiento de Dios para “el buey y el asno”, para la humanidad compuesta por judíos y gentiles” (pág. 76)

Y concluye el Papa afirmando: “Aparecen por tanto los dos animales como una representación de la humanidad, de por sí desprovista de entendimiento, que ante el Niño, ante la humilde aparición de Dios en el establo, llega al conocimiento y, en la pobreza de este nacimiento, recibe la epifanía (la manifestación), que ahora enseña a todos a ver. La iconografía cristiana ha captado muy pronto este motivo. Ninguna representación del nacimiento renunciará al buey y al asno” (pág. 76-77)

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